Hace más de un año, le pregunté a mi padre si estaría dispuesto a que lo entrevistara en vídeo acerca de su vida. Me sentía emocionalmente preparada para cada entrevista, pero subestimé lo mucho que me costaría. Cada vez que lo entrevistaba, descubría más detalles perturbadores. A medida que las palabras salían de su boca, lo escuchaba era sumamente inquietante, pero de todas maneras sentía la necesidad de profundizar más. A través de toda mi infancia, recuerdo haber cuestionado y analizado su comportamiento constantemente, y ahora como adulta, mis preguntas sólo se hacian más grandes. Sabía de primera mano que sus acciones eran aterradoras, pero nunca había encontrado respuestas sobre por qué hacía lo que hacía y cómo racionalizaba su comportamiento y pensamientos.

A través de las entrevistas, descubrí que habian inconsisitencias en sus relatos. Era evidente que estaba escondiendo cosas. Para saber si decía la verdad yo trataba de hacerle las mismas preguntas varias veces y de diferentes maneras.

Hace muchos años mi padre me había compartido que cuando era un niño, y vivia en Alemania, durante la segunda guerra mundial, fue abusado sexualmente por 12 hombres.

«Bueno, sólo te lo dije porque seguiste haciéndome preguntas durante tantos años y tienes un corazón empático. Necesitaba darte algo en lo que apoyarte. Funcionó y te sentiste mejor porque pensaste que había una razón para hacer lo que hice»

Hoy, mientras le entrevistaba, le he vuelto a preguntar acerca de lo que me compartio hace tantos años. Para mi horror, dijo que no tenía antecedentes de abusos sexuales en su infancia. Una vez terminada la entrevista, pensé que tal vez había sido un accidente y se había expresado mal, así que le pregunté: «Papá, ¿no dijiste que te violaron 12 soldados, cuando eras un niño, durante la guerra?» Me dijo tranquilamente: «Bueno, te lo he dicho porque has seguido haciéndome preguntas durante tantos años y tienes un corazón empático. Necesitaba darte algo en lo que apoyarte. Funcionó y te sentiste mejor porque pensaste que había una razón para hacer lo que hice». Apenas podía hablar y, sin palabras, solté: «¿Así que no te violaron?» Dijo con voz firme: «No, de nuevo tienes un corazón empático. ¿Te veré más tarde?»

Sentí que no podía salir de alí lo suficientemente rápido. Me sentía increiblemente enfadada. Cuando llegué a mi coche, estaba temblando incontrolablemente. No podía creer que me había mentido acerca de esto, pero mas enfadada estaba por el hecho de haberle creído, porque dentro de mi necesitaba creerle. Me contó una historia para ayudarme a sobrellevar su abuso y la acepté. Si en realidad había sido violado y traumatizado de niño, entonces yo tenía algunas razones para justificar por qué hizo las cosas que hizo, pero ahora, no tenía nada. El sentimiento de traición era repugnante, y podía sentirlo en cada parte de mi cuerpo. Mi único consuelo en esta traición, fue el hecho de que me habia revelado cuán enfermo realmente estaba .

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